Hacia frío aquel día en el taller, a pesar de que el trabajo allí era una sucesión de labores ilimitadas, estaba disfrutando de unos momentos de descanso, los obreros cuando descansan, solo pensamos en las labores que nos esperan, por eso los obreros como pensadores…valemos tres pesos.
Al lado de la sección donde laboraba, habían trasladado a un nuevo trabajador, que cantaba siempre canciones tristes, escuchaba predicadores –mas tristes todavía- en un transistor roto y mugroso, se llamaba jorge, jorge limpiaba sus uñas con una tapa de gaseosa cada vez que terminaba de lavar un carro, era posible, el lo hacia posible, aun a costa de ellas.
Tenia labio leporino, le llamábamos medio pico, nunca se supo quien le puso aquel apodo, era fortísimo, bajito, anti-negros, anti-todo, hiperactivo y silencioso…jorge era un magnifico vasallo.
Jorge había acabado todas sus labores, las que le correspondían y las que no, yo lo miraba, el se hacia el weon…así que yo me limitaba a engrasar carros, fumarme un pucho y pensar que todo estaba bien.
Medio pico apagó el radio, prendió fuego al tarro de la basura (una de sus actividades favoritas que solo realizaba a la hora de salir) eran las cuatro de la tarde, cuando la salida era a las seis llegado a ese punto note sus gruesas gotas de sudor.
Me miro de frente como se mira un espejo, tuve la sensación de que miraba a través de mi, me sonrió, con la terrible sonrisa de las cuatro de la tarde de un lavador de carros leporino, laborando continuamente desde las siete de la mañana, sin nadie que le ayude, con dos embargos por alimentos y un hijo maricon.
Mire mi machete, tuve un ademán involuntario de agresión, el lo noto, e hizo un rodeo amplio, estoy seguro mas amplio del que hubiera hecho sino se me notara el disgusto. Lo seguí con la mirada, ato dos varillones de madera bien fino y les amarro un zapato en la punta, mientras hacia esto lo escuche murmurar por lo bajo y temblaba ante todo temblaba, a mí el cigarrillo ya me sabia a cualquier cosa y apretaba mi machete, estaba bien puto, de repente hizo un gesto enérgico y alzo lo que construyo, no entendía yo nada, ni mierda de lo que medio pico hacia, cuando lo note era ya tarde.
Desde lo alto se desprendió un nido con tres pichones de canario, silvestre, y para el que no entienda que es silvestre, quiero decir libre, libre como nunca colombiano alguno ha sido, sin impuestos sin dentistas ni bancos, libre ijueputa libre.
Caían
Describían en sus líneas de caída la perfección de algo.
Sentí la eternidad entre su caída y el atroz golpe con que murieron.
Se volvieron mierda
Lo vi. Sonriente, hasta bello de lo horrible el ijueputa, como cuando en las películas gringas los pilotos de aviones aterrizan sanos y salvos.
Levanto de nuevo su hoz, luego de los canarios se dirigía ahora al nidito de los azulejos.
No pude decirle nada.
Al lado de la sección donde laboraba, habían trasladado a un nuevo trabajador, que cantaba siempre canciones tristes, escuchaba predicadores –mas tristes todavía- en un transistor roto y mugroso, se llamaba jorge, jorge limpiaba sus uñas con una tapa de gaseosa cada vez que terminaba de lavar un carro, era posible, el lo hacia posible, aun a costa de ellas.
Tenia labio leporino, le llamábamos medio pico, nunca se supo quien le puso aquel apodo, era fortísimo, bajito, anti-negros, anti-todo, hiperactivo y silencioso…jorge era un magnifico vasallo.
Jorge había acabado todas sus labores, las que le correspondían y las que no, yo lo miraba, el se hacia el weon…así que yo me limitaba a engrasar carros, fumarme un pucho y pensar que todo estaba bien.
Medio pico apagó el radio, prendió fuego al tarro de la basura (una de sus actividades favoritas que solo realizaba a la hora de salir) eran las cuatro de la tarde, cuando la salida era a las seis llegado a ese punto note sus gruesas gotas de sudor.
Me miro de frente como se mira un espejo, tuve la sensación de que miraba a través de mi, me sonrió, con la terrible sonrisa de las cuatro de la tarde de un lavador de carros leporino, laborando continuamente desde las siete de la mañana, sin nadie que le ayude, con dos embargos por alimentos y un hijo maricon.
Mire mi machete, tuve un ademán involuntario de agresión, el lo noto, e hizo un rodeo amplio, estoy seguro mas amplio del que hubiera hecho sino se me notara el disgusto. Lo seguí con la mirada, ato dos varillones de madera bien fino y les amarro un zapato en la punta, mientras hacia esto lo escuche murmurar por lo bajo y temblaba ante todo temblaba, a mí el cigarrillo ya me sabia a cualquier cosa y apretaba mi machete, estaba bien puto, de repente hizo un gesto enérgico y alzo lo que construyo, no entendía yo nada, ni mierda de lo que medio pico hacia, cuando lo note era ya tarde.
Desde lo alto se desprendió un nido con tres pichones de canario, silvestre, y para el que no entienda que es silvestre, quiero decir libre, libre como nunca colombiano alguno ha sido, sin impuestos sin dentistas ni bancos, libre ijueputa libre.
Caían
Describían en sus líneas de caída la perfección de algo.
Sentí la eternidad entre su caída y el atroz golpe con que murieron.
Se volvieron mierda
Lo vi. Sonriente, hasta bello de lo horrible el ijueputa, como cuando en las películas gringas los pilotos de aviones aterrizan sanos y salvos.
Levanto de nuevo su hoz, luego de los canarios se dirigía ahora al nidito de los azulejos.
No pude decirle nada.

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